La ayahuasca no es un viaje, es un descenso. Un espejo líquido que te abre las entrañas y te muestra lo que siempre estuvo oculto: la raíz del miedo, el pulso del dolor, la memoria antigua que late en la sangre. No se bebe para escapar, sino para atravesar.
En su visión se mezclan lo sagrado y lo brutal: serpientes que danzan, colores que respiran, voces que no sabías que habitaban en ti. La ayahuasca arranca máscaras y deja al alma desnuda ante lo inmutable: la vida, la muerte, lo eterno.
¡Que tengas un maravilloso viaje hacia lo infinito dentro de ti!
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